sábado, 7 de abril de 2007

¿Casarse o Vivir Solo?


Televisores, microondas, licuadoras, vajillas, aparatos de dvds, estereos, estufas y dinero en efectivo es lo que he visto que les han regalado a mis amigos/as en sus bodas. Ya sea que se hayan casado por amor o por salir de sus casas ante relaciones caóticas y cuestionables. Pienso y sostengo que a todos les ha ido bien y hasta les ha "convenido" casarse. Algunos incluso han sido más afortunados, los mantienen, aun casados, sus padres por el simple hecho de haberlos hecho tan felices con "nietecitos". Como que toda la familia se pone bien contenta cuando alguien anuncian su futura unión matrimonial o cuando llegan los sus futuros "frutos", todos se prestan para ayudar; ya sea a equipar el "nido de amor de los tórtolos", pagarles la luna de miel o hasta prestarles una casa o un departamento para vivir sin pagar renta y se revuelquen lo que quieran a gusto. Los tíos, compadres y padrinos regalan cosas que ni a sus propios hijos solteros les regalarían...¿que loco eso no?
Me considero amigo de más de algun novio/a que ya ha "armado" su vida (Desde la lógica tradicional lejos de la propia subjetividad), he salido con ellos con buena cantidad de dinero
para que mi "compadre" se llene de grados alcoholicos el cuerpo o simplemente se tome una botella de ron o pisco barata en algun rincón de esta ciudad. Conozco amigos/as que han anunciado su compromiso, les han organizado las tradicionales despedidas, reciben sus regalos, sus dineros y, a los días, "se echan pa´trás" y se quedan con todo guardado. Todo esto está muy bien, pero:
Tengo la firme convicción de irme a vivir solo, ¿por qué no existe esa misma disposición y actitud de los/as ex solteros/as de darme una "manito" aunque sea con un juego de tazas?.
Los misterios de la vida... Saludos.

lunes, 5 de febrero de 2007

Sobre Narcisismo y otras "hierbas" Parte II


Me ha costado estos días... pienso que me he agotado aunque más pienso que nadie lee. ¿Eso me importa?, a mi Yo si le importa a mi Icc nada.


Veamos que sale ahora:


Parte II


Pienso que el “narcisismo” no deja de ser contradictorio con la expectativa de lograr/preservar una “sana autoestima”. El discurso de la “sana autoestima” tiene un origen muy distinto al de la humildad cristiana y al del triunfo capitalista. Este discurso es una nueva pastoral de inspiración religiosa pero de contenido básicamente laico. Lo medular es que se nos pide sentirnos únicos y valiosos pero sin caer en un orgullo desmedido.
Ahora bien, si el tema de la necesidad de la autoestima es el fondo de esta pastoral, tan importante en los últimos años, es porque se presume que carecemos de esa autoestima, y la imaginamos entonces como solución al asedio de la depresión. La enfermedad es no quererse lo suficiente. Mucha gente se siente triste y decepcionada. Entonces, se deduce, la solución es aprender a amarse. La idea es que solo si nos amamos podremos amar a los demás y ser amado por ellos. Todo empieza pues con el cultivo de un amor propio adecuado. Casi demás está decir que el mismo núcleo de ideas se repite una y otra vez en los miles de manuales de autoayuda.
¿Estaríamos ante una reivindicación del narcisismo en contra del mandato mortificante de la humildad? ¿Se podría decir que nuestra época ha liberado el amor propio de los constreñimientos ascéticos? En cierto sentido ello está ocurriendo. Pero lo sintomático es que pese a la liberación relativa, o “despenalización”, del narcisismo, y su creciente legitimidad, la gente siga sintiendo que no se ama lo suficiente. Es decir, somos invocados a amarnos pero igual sentimos que no logramos hacerlo. En este sentido los manuales no son la gran ayuda que se pretenden.


Desde la historia la situación es la siguiente. Primero tenemos la lucha tradicional contra el narcisismo. La sociedad quiere someter al individuo a ser instrumento de alguna trascendencia. Por lo general, una comunidad o causa imaginada por una pretendida autoridad que convoca al sacrificio y al autocontrol. Se plantea que el narcisismo es un camino de soledad y muerte. Segundo, mucho después, surge el discurso publicitario del capitalismo que legitima la autoindulgencia y el descontrol, el dejarse llevar por el goce, pues de lo que se trata, para que el capital pueda valorizarse, es que se pueda producir el deseo. Tercero, y finalmente, surge otro discurso que mezcla un poco ambos. La pastoral de la “sana autoestima”.
Lo que quisiera sostener en estas líneas es que la lucha contra el narcisismo se basa en la promoción del odio contra sí mismo, en el elogio del sacrificio. Además, lo que puede haber de válido en esta posición, me refiero al llamado al amor, queda mediatizado desde el momento en que esta lucha en lugar de apuntar contra la cultura lo hace contra el individuo. Todo el problema, como veremos, estriba en que aquello que amamos demasiado es una imagen social que se nos ha impuesto como si fuera nuestra realidad inmediata. Entonces es necesario redefinir la lucha contra lo que se llama narcisismo. Se trata de defender a los individuos contra esos bellos ideales que los mortifican. Para sustentar estas opiniones haré referencia a conceptos psicoanalíticos.



El psicoanálisis complejiza radicalmente la comprensión del narcisismo. Para empezar se sostiene que el narcisista no está enamorado “locamente” de sí tal como efectivamente es. Está enamorado de una idealización de sí mismo. Entonces, el narcisista contrasta la seductora imagen con la que se identifica con su prosaica realidad. Y el resultado es más odio que amor. La idealización grandiosa de sí, interiorizada como lo único deseable, aplasta al supuesto narcisista. Por tanto, cuando el supuesto narcisista se mira al espejo sus sentimientos son ambiguos. De un lado, se encuentra con una promesa que lo anima; es decir, lo que acaso puede ser y quizá ya está siendo. Pero, de otro lado, también se encuentra con una imperfección intolerable, con una deprimente lejanía respecto del ideal. En todo caso si está decidido obedecer a sus mandatos no escatimará sacrificios para ser como su modelo. En realidad, sólo ama a esa visión idealizada de sí que lo agobia y disminuye. Si se empeña, heroicamente, en el sacrificio, en ser su modelo, es porque ilusiona que el mundo se rendirá a sus pies.
La sociedad, los padres y el discurso publicitario, ofrecen modelos ideales para resultar amables, para merecer ese reconocimiento que siempre se busca. Entonces, se tiene que ser nada menos que esa perfección imposible. Tener la cara más bonita, el cuerpo más atractivo, la moral más intachable, la bondad más desprendida, la inteligencia más notable, el éxito más sonoro. Mientras no sea todo eso, uno estará en el purgatorio, sufriendo. El odio contra la propia y mermada realidad será el espuelazo doloroso que acelere la persecución del ideal. En definitiva se ha puesto el amor en un ideal que enajena de la realidad.


Desde el punto de vista sociológico, los actores que alienan al sujeto en esas búsquedas martirizantes e imposibles son los padres y los medios de comunicación. Ambos transmiten los valores que dominan la cultura y la sociedad, o para hablar en términos lacaniano-marxistas, el deseo del Otro hegemónico. Ese deseo arrasa con la autoestima y lo coloca a uno en la triste condición de “reo eterno”, uno es siempre sospechoso de no hacer lo suficiente. No se cumple con los mandatos. Uno no puede amarse porque es una basura. De allí que Deleuze, en la inspiración de Nietzsche y Kafka, proclamara que hay que terminar con el enjuciamiento, con esa posición de sospechoso a la que uno es sometido por una autoridad sádica, que goza con el encogimiento de la potencia de ser.
En términos del Psicoanálisis se dice que en el desarrollo de la relación de la persona consiga misma, en el tránsito entre el autoerotismo inicial y el llamado narcisismo primario, pueden incrustarse exigencias sobredimensionadas y traumáticas. En efecto, lo distintivo de ese tránsito es el planteamiento de un modelo o exigencia que uno debe encarnar para convertirse en objeto de deseo. Si estas expectativas son desproporcionadas, entonces resultará que las probabilidades de que el niño tenga una relación armoniosa consigo mismo se verán drásticamente disminuidas. La elevación del Yo ideal es simultáneamente la denigración del Yo real. Piensa, por ejemplo, en la mistificación (patriarcal) de la feminidad. Las mujeres son bellamente retratadas como movidas por los nobles sentimientos de abnegación y entrega. En realidad, esta imagen puede ser aplastante pues nunca será suficiente la prescindencia de sí como para estar a la altura de esa imagen. El resultado será la depresión y la culpa. Y, como protesta, una amargura agresiva.
Entonces, a mayor exigencia social menor posibilidad de una relación armoniosa consigo mismo. Y más imperioso será el mandato a la sublimación, la orden de canalizar todas las energías en función de realizar esa perfección imposible.


En cambio, si las exigencias sociales son menores, la posibilidad de una relación más amable con uno mismo se incrementa. Habría una brecha menor entre el Yo ideal y el actual. Esta situación implica una menor compulsión al sacrificio y una más gozosa e inmediata relación con el cuerpo. Entonces, los padres que “dejan ser” a sus hijos, pero con afecto, los estarían encaminando más libremente. Sus dioses no serían tan severos o implacables. Sus satisfacciones podrán ser más inmediatas y corporales. Es decir, no teniendo que cruzar la brecha entre la realidad y la imagen idealizada. En general, esta socialización es más propia en los sectores populares. Entre ellos la relación con el cuerpo esté menos mentalizada. Tienen, por ejemplo, más facilidad para el baile, más libertad corporal.
Todo lo anterior se hace visible en el famoso baile del perreo. Este baile supone una una entrega al goce corporal de los sentidos. Para los sectores medios esta entrega es más difícil pues los mandatos implican que el sujeto recibirá amor siempre y cuando sea capaz de logros y auto postergaciones. Esta condicionalidad del afecto abre un espacio mental, un ámbito de reflexión, donde el sujeto evalúa qué comportamiento lo acercará a la realización del mandato internalizado, de manera de recibir el amor añorado. Su “autoestima” depende del logro de estos ideales sociales.


Si algun PSA lee estas líneas agradecería comentarios

domingo, 21 de enero de 2007

Sobre narcisismo y otras “hierbas”



Parte I

“Al venir al mundo, lanzaste un gran grito, sin la menor traba, pero más tarde te has visto estrangulado por toda clase de reglas, de ritos y de principios educativos. Tienes por fin la dicha de gritar libremente. Cosa curiosa, no oyes tu voz. Con los brazos abiertos, gritando, jadeando, afanándote, corres, sin percibir ningún sonido.” Gao Xingjian. La montaña del alma


En la Metamorfosis de Ovidio, la versión clásica del mito, Narciso está llamado a un futuro trágico pues su belleza es tan deslumbrante que termina por ser mortífera. La perfección del recién nacido es una interrogante para sus padres. Consultan, entonces, a Tiresias, el adivino. El pronóstico es claro. La situación de Narciso es problemática. No queda más que luchar contra el destino. Puede vivir solo si ignora su hermosura. Por tanto, los padres lo alejan de los espejos y tampoco sostienen su mirada. La salvación de Narciso es no saber como es. Pero Eco, una hermosa ninfa, no sabe de esta situación y cae rendida ante el encanto de Narciso. Pero el amor de Eco se transforma en odio pues Narciso no se conmueve. En este momento la diosa Némesis hace suyo el sufrimiento de Eco. Asume su venganza, su deseo de hacer daño. Entonces, calienta el día de manera que la sed de Narciso es insoportable. Cuando va al río, en el claro del agua, Narciso queda subyugado por su imagen. Su atracción lo paraliza. Entonces muere y se transmuta en una flor.


En un inicio, Narciso no es un narcisista. No sabe que tiene todas las perfecciones que la sociedad valora en los individuos. Sus padres le ocultaron su belleza para salvarlo. Quizá, Narciso debió sentirse feo o poco atractivo. Narciso no puede ser conciente de ese capricho de la naturaleza que es su hermosura. Ignora su capacidad de seducción. Pero lo que parece ser un regalo termina siendo una maldición. Narciso está colocado en una situación extremadamente vulnerable pues su vida depende de no conocer su propia perfección. Todos tendrían que estar de acuerdo en ocultarle la admiración que despierta. Si llegara a descubrir su belleza, su vida quedaría detenida en esa auto complacencia que hace irrelevante todo lo demás. Para vivir, Narciso no puede saber cómo es. Pero, de otro lado, Narciso es tan atractivo que despierta pasiones incontrolables. Así es muy difícil que la fascinación de alguien no le advierta de su ser especial.


Lo inevitable ocurre y Narciso queda prendado de su imagen en el agua. No hay otra realidad, otro interés, que esa belleza. Entonces se deja morir. Narciso está extasiado ante su hermosura. Desde el momento en que la descubre se convierte en Narcisista. Ya no puede haber otro afán que admirarse. El goce es mortífero puesto que se convierte en una pasión excluyente. Quizá Narciso debió morir feliz, embelesado. Todos sus deseos estaban colmados pues todos ellos solo apuntaban a su propia imagen.


No tiene sentido hablar de la responsabilidad de Narciso. En realidad, nunca fue libre, jamás tomó una decisión. Su insólita hermosura lo condena, primero, a ser amado y odiado, y luego, a una pasión por sí que lo aleja de toda otra preocupación humana.

En la leyenda es clara la inocencia de Narciso. Pero en el uso actual del término palpita una actitud de rechazo e intolerancia. El apelativo de “narcisista” implica una condena y un llamado al cambio personal. El narcisista es imaginado como frívolo y egoísta. Alguien que desequilibra los vínculos sociales pues su desmedido aprecio de sí tendría como correlato su menosprecio por los demás. Pretende mucho pero da poco. Su impostura ofende los sentimientos morales de la gente. La sociedad no debería permitir que un narcisista sea feliz. Eso sería algo tan escandaloso como un criminal sin sanción. Es decir, una prueba viviente de la falta de justicia, de la descomposición social. En todo caso se presume que su bienestar no puede ser sólido ni duradero. Su fatuidad no predominará contra la condena del mundo. En definitiva, si no da amor, pues tampoco habrá de recibirlo.


Entre la leyenda clásica y la opinión pública contemporánea media una gran diferencia. Ahora todos, en apariencia, condenan a Narciso. Se piensa que Narciso nunca pudo ser inocente pues hoy resulta inverosímil que alguien pueda ignorar su propio encanto. Además se asume que está en las manos de uno el dejarse llevar por la tentación del orgullo y el desprecio. Desde estas sospechas el término narcisista viene a adquirir esa carga de denuncia y reconvención que hoy entraña. Es un llamado desde una perspectiva que es igualitaria, pero también, seguramente, envidiosa. La idea es que la sociedad debería ignorar las diferencias de talento y hermosura que la naturaleza se encapricha en producir. O las personas favorecidas, en todo caso, deberían resistir la tentación de sentirse por arriba pues generarían las miradas de odio, o los reclamos de justicia, de los menos afortunados. Entonces, por ejemplo, las “celebridades” son admiradas por su encanto pero, al mismo tiempo, esta admiración exige vulnerabilidad, rechaza la arrogancia. Las divas de Hollywood, por tanto, harán bien en mostrarse sencillas y humanitarias. Sólo si dan pruebas de resistir la tentación de menospreciar podrán ser plenamente admiradas. No habrá pretexto para resistirse al imperio de su seducción.


Pero el mensaje de ser humilde y evitar el narcisismo se sitúa a contrapelo de otro mensaje no menos importante: ¡desarróllate! ¡triunfa! ¡se el primero! Digamos que la ideología cristiana comunitaria de donde emana el mandato anti-narcisista de la humildad entra en conflicto con ese otro mandato al éxito y al disfrute. Estos últimos imperativos fluyen del discurso capitalista y su culto a la competencia y al consumo como fundamentos del valor de los individuos. En el mundo contemporáneo la situación es compleja y conflictiva, hasta desgarradora. No obstante, si hubiera un equilibrio entre estos mandatos, algo así como una “síntesis oficial”, esta tendría que ser: triunfar y disfrutar pero teniendo siempre presente a los demás, sin ser narcisista. Tener altas metas y ser reconocido pero evitando la petulancia.

lunes, 8 de enero de 2007

¿El o Lo Inconsciente?



Consideraciones sobre lo inconsciente


1. Lo inconsciente se asocia a una suerte de bóveda o de caja negra donde morarían los recuerdos traumáticos y los sentimientos inaceptables. Es necesaria una censura que mantenga estos contenidos en la bóveda, de manera que no afloren a la conciencia. Entonces, cuanto más intensos sean estos contenidos, mayor será el esfuerzo de la censura. Mucho de la vitalidad de una persona puede, entonces, irse tanto en esos deseos ilícitos como en el esfuerzo por ignorarlos.


2. Esos deseos ilícitos reclaman ser satisfechos, pero son censurados por ser socialmente inaceptables. Ejemplos típicos: el deseo incestuoso por nuestros padres o madres, la decepción porque no están a la altura de nuestras expectativas, con el odio consiguiente. También la hostilidad hacia nuestros parientes cercanos, especialmente hermanos. Todos estos sentimientos se expresarían a través de la violencia. Pero también está el amor, el temor a amar por cuanto anticipamos una decepción que puede ser dolorosa. Entonces, la represión del amor nos da independencia y seguridad, pero a costa de un debilitamiento de los vínculos que nos hacen falta para la afirmación de la vida. De otro lado, los recuerdos dolorosos son “olvidados”, pues resultan conflictivos, amenazantes, imposibles de elaborar en una narrativa que los “planche”, que los desvalije de su horror. De la misma manera podríamos decir que la envidia y la culpa tienden a ser reprimidos, pues son igualmente conflictivos y amenazantes de nuestra autoimagen.


3. Para Freud el tiempo del inconsciente tiene una lógica peculiar. Todo lo vivido queda registrado en el inconsciente. Las presencias más decisivas son desde luego las más tempranas. La “vigencia del bebé en el adulto” (M. Klein) es definitiva. Sucesos y sentimientos muy tempranos tienen una influencia permanente que es reactualizada en la medida en que la experiencia temprana es la matriz del psiquismo humano. De otro lado, las elaboraciones del inconsciente no siguen la pauta de la razón diurna o formal. Las cosas son y no son al mismo tiempo, y lo inverosímil recurre permanentemente. El sueño es una psicosis momentánea. Casi, una alucinación.


4. Lo reprimido lucha por su realización según la lógica del deseo. En lo reprimido está la huella de lo que nos hace falta, aquello que moviliza nuestra fantasía. En la fantasía se elabora la pulsión de manera que se nos aparecen nuestros deseos. Lo inconsciente-reprimido resurge en los sueños, en los actos fallidos, en los lapsus, en los actos no pensados, en las somatizaciones, en el síntoma. No obstante, el sueño es el producto más característico del inconsciente. El sueño es la realización imaginaria de un deseo, una narrativa que apacigua a quien duerme, permitiéndole la continuación del reposo. Aún en el sueño, la censura está presente, el sujeto no reconoce sus deseos porque éstos están sometidos a una “deformación onírica” o “trabajo del sueño” que hace que el “contenido manifiesto” aparezca como un enigma. No obstante, en la medida en que el sueño es una realización vicaria de los deseos reprimidos, produce tranquilidad y sosiego.


5. El inconsciente entendido como lo reprimido se instituye a partir de la represión social que convoca a los individuos a invisibilizar partes de sí, pues, se supone, que eso, lo reprimido, no debería existir. El individuo sería un monstruo si eso existiera. El niño se ve convocado, por ejemplo, a invisibilizar o negar el odio que también siente a sus padres. Este odio apunta a un deseo de destrucción y de violencia que sólo puede escenificarse y/o realizarse de maneras muy sutiles. Ocurre lo mismo con el deseo incestuoso por los padres y/o hermanos. La criatura humana tiene pulsiones, no instintos. Las pulsiones son reconducidas, bloqueadas o estimuladas por la sociedad a partir de la internalización de la autoridad, del súper-yo, de los mandatos sociales. Por eso Lacan dice que el inconsciente es el discurso del otro. Por eso podemos pensar que el inconsciente se desarrolla, sobre todo, con la conciencia moral, con la vigilancia permanente de nuestro mundo interior, para que de éste no emerjan sentimientos o conductas socialmente condenables.


6. En muchos de los escritos de Freud se insinúa una visión más compleja del inconsciente. El inconsciente sería una dimensión permanente de la vida humana. Dimensión que tiene que ver con el cuerpo, las sensaciones y los afectos. Entonces, el inconsciente no es tanto un depósito, sino un flujo activo y permanente, que rodea lo que podría llamarse el foco de nuestra atención conciente. Esta atención consciente remite a palabras e ideas, a un diálogo interior reflexivo. El inconsciente fluye, la conciencia retrocede, examina, duda.


7. El inconsciente es, pues, un proceso con un sujeto. Hay, pues, un sujeto del inconsciente. El inconsciente registra la realidad y “trabaja”. Esto significa que percibimos mucho más de aquello que nos damos cuenta. El inconsciente es extraordinariamente sensible. Capaz de registrar impresiones que escapan a nuestra conciencia, pero que de todas maneras ingresan en nuestro mundo interior. El inconsciente recoge una cantidad abrumadora de información que es filtrada por la conciencia, de manera de que sólo convertimos en pensamiento una fracción mínima de nuestras sensaciones e impresiones. En este contexto, la intuición puede ser comprendida como la súbita toma de conciencia de algún contenido inconsciente que ha escapado a la censura o a la definición de irrelevancia.


8. La experiencia inconsciente afecta nuestro ánimo, conciencia y conducta de maneras que no sabríamos precisar. No obstante, a través del análisis es posible comprender nuestros movimientos anímicos, de manera de poder estar encima de las circunstancias y no dejarnos enredar en ellas. Ello implica un diálogo con el inconsciente que se desarrolla entre la condensación y la fragmentación. Es decir, de un lado recogemos e identificamos las variaciones en nuestro ánimo, y del otro, examinamos esos cambios anímicos reconstruyendo, a través de la asociación libre, la dinámica de nuestro inconsciente, las complejas secuencias causales que producen el mencionado estado anímico. En el transcurso de nuestra vida cotidiana registramos, pues, intensidades emocionales (angustia, ansiedad, ternura, atracción, odio, entre otras) que nos toman y que se ven seguidas de momentos en que se difuminan y descomponen. La vida cotidiana tiene como trasfondo una suerte de pulsación o ritmo que es justamente la base de nuestro mundo interior.
El diálogo con el inconsciente implica una libertad, una ausencia de miedo, y, en consecuencia, un desarrollo de la intuición. Ahora bien, este diálogo no está al alcance de las personas prisioneras de estructuras patológicas, de aquellos que tienden a reiterar las mismas claves interpretativas, de manera que en su diálogo interior no se llega a tomar en cuenta lo que está registrado por el inconsciente. El individuo paranoico, por ejemplo, se cree siempre bajo sospecha, vigilado. Tenderá a responsabilizar a un “otro malvado” de sus cambios anímicos, no podrá acceder a la verdad de lo que realmente ocurre dentro de sí.


9. La libertad en el diálogo con el inconsciente, que no es otra cosa que una presencia más plena de sí ante sí mismo, permite establecer un diálogo con el inconsciente del otro. Es decir, una comunicación entre inconscientes por medio de la cual los individuos desarrollan vínculos empáticos que les permiten saber lo que está pasando “dentro” del otro. Este es el vínculo que fundamenta la relación terapéutica. La disposición del analista es una “atención libre flotante”. Es decir, no piensa nada en especial, se deja llevar por las impresiones que le produce la comunicación de su analizante. Trata de reconstruir la deriva de su inconsciente, el tren o cadena implícita de emociones y sentimientos. Por su parte, el analizante se deja llevar por la “asociación libre”. O sea, dice lo que se le ocurre sin pensar, sin censuras ni propósitos. La comunicación inconsciente pasa, pues, por la sensibilidad y la sintonía empática más que por la conceptualización. Se genera, así, una experiencia emocional que es analizada de manera que el analizante comienza a tomar conciencia de las exigencias de su inconsciente. En una sesión, por ejemplo, el analizante puede estar proyectando sobre el analista la figura del juez y del verdugo. Quiere ser censurado, castigado, pues siente que ha hecho mal. Piensa que de esta manera se sentirá limpio, libre. Desde luego que el analista no debe responder a esa exigencia del analizante. Debe devolverle conceptualizada su pretensión o necesidad de ser juzgado y castigado. La (auto)punición supone reiterar una presunción de culpabilidad que debe ser cuestionada. Yo siempre meto la pata, todo lo malo que ocurre es culpa mía… El analizante debe liberarse de sus certidumbres, lograr ese diálogo interior que pacifica y enrumba a una acción eficaz.


10. El deseo y la falta no son lo mismo pero tampoco son diferentes. En conjunto la dinámica del deseo y la falta determinan la dinámica o lógica del inconsciente. La falta señala el objeto del deseo. Se trata de una sensación de carencia que brota de una esperanza de completud. Entonces ese afán de completud que es la falta moviliza hacia la búsqueda de algún tipo de satisfacción que haga desaparecer la falta. Hasta aquí parece similar al deseo. No obstante la palabra “falta” es equívoca pues expresa tanto lo que se quiere pero no se tiene; como también lo que no está de acuerdo a la ley. Es decir, una transgresión. Este doble significado nos advierte de que la falta no apunta necesariamente a nuestro deseo. En efecto, la falta puede ser una manera de obturar la realidad de un desconocimiento del deseo. Es decir, una manera apresurada de desear, de encubrir la nada. Desear algo en vez de desear nada es ciertamente mejor. La ilusión tapa la depresión. No obstante, detrás de la nada que la falta encubre se encuentra el verdadero deseo. Más personal, reprimido e inaccesible que la falta. La falta tiende a ser viciosa, es una solución automática al sentimiento de carencia. El deseo supone un contacto más profundo con nuestro ser en el mundo. Entonces para llegar al deseo es necesario atravesar la ansiedad que produce la falta. La falta apunta a un modo estereotipado de satisfacción, a una fantasía más venida desde lo social que surgida desde la entraña de lo personal. Me falta un trago… Me falta ropa… Me falta sexo… El deseo está anclado en la historia personal. Claro que, de otro lado, el deseo alimenta la sensación de falta, la expectativa de su satisfacción. Entonces se trata de enraizar la falta en el deseo. Quizá la palabra anhelo se sitúa más cerca del particularismo del deseo que del automatismo de la falta.


11. Freud piensa que el sueño es el cumplimiento apaciguante de un deseo. Entonces la narrativa onírica es impulsada sobre todo por el deseo. El insomnio correspondería a la dificultad para elaborar deseos son tan conflictivos que el inconsciente anticipa el fracaso del trabajo del sueño. Entonces, el miedo a no poder dormir no deja dormir. El sueño como reparación momentánea de nuestra vida no puede producirse. El miedo a confrontarse con algo horroroso nos quita el sueño. Pero no hay otro camino para llegar al deseo que pasar por la confrontación, vencer el miedo. Dejar ser las fantasías. Resistir la ansiedad.


12. Lacan nos exhorta a no ceder nuestro deseo. En el seminario VII (La ética en el Psicoanálsis) exige valor y coraje. Hay que enfrentar el miedo pues no hay otro modo de dejar ser al deseo. Entonces cabe preguntarse: y qué pasa si estamos habitados por un deseo asesino. Si el resentimiento y el odio son tan poderosos… Creo que la única respuesta sensata es “elaborar” el odio. Esto significa ironizarlo, tomar distancia de él. Y, sobre todo, buscar formas sucedáneas para su realización. Después de todo nada importante se puede hacer sin rabia. Renunciar a la ira es hundirse en la impotencia. Impedir la ira es atrincherarse en el odio. Y no vivir es más fácil que arriesgarse a amar.


13. Clarice Lispector se plantea el tema en Aprendizaje o el libro de los placeres. Se trata de una novela de aprendizaje del amor. Nuestra condición natural es estar perdidos. Solo un difícil peregrinaje nos puede conducir a la vida. Lori, la protagonista está dirigida a un destino que no desea. De una familia de mucho dinero, única mujer entre cinco hermanos, está encaminada a ser un adorno sufriente. A no vivir. “La humanidad era para ella como una muerte eterna que no tenía sin embargo el alivio final de morir”. Pero ella se rebela. No quiere vivir muriendo. Tendrá que aprender a vivir y ello significa ante todo dejar que su ira sea: “La fuerza de la destrucción aun se contenía y no entendía porque vibraba de alegría por ser capaz de semejante ira. Es que estaba viviendo. Y no había peligro de destruir realmente a nadie o nada porque la piedad era en ella tan fuerte como la ira: entonces quería destruirse a sí misma que era la fuente de esa pasión”. No evitar el dolor es la única manera de no quedarse fijada en el martirio.. “El corazón tiene que presentarse delante de la Nada solo y solo golpear en el silencio con una taquicardia en las tinieblas”. Pero también se trata de aceptar el placer. Hay que tener mucha fuerza para hacerlo. “Y quien no tuviera fuerza para tener placer, que antes cubriese cada nervio con una película protectora , con na película de muerte para poder tolerar la grandeza de la vida. Esa película… era lo que ella hacía… El placer era nosotros” En un momento Lori improvisa la siguiente oración:


“… dijo en voz baja, severa, triste, tartamuedeando su oración con un poco de pudor: alivia mi alma, haz que sienta que Tu mano está cogida de la mía, haz que sienta que la muerte no existe poruqe ya estamos en verdad en la eternidad, haz que sienta que amar no es morir, que la entrega de sí mismo no significa la muerte, haz que sienta una alegría modesta y diaria, haz que no Te indague demasiado, porque la respuesta sería tan misteriosa como la pregunta, haz que me acuerde de que tampoco hay explicación de por qué el hijo quiere el beso de su madre y aún asi quiere y aún así el beso es perfecto, haz que reciba el mundo sin temor pues para ese mundo incomprensible fui creada y yo misma también incomprensible, entoces es como existe una conexión entre ese misterio del mundo y el nuestro, pero esa conexión no es clara para nosotros mientras queramos entenderla, bendíceme para que viva con alegría el pan que como, e sueño que duermo, haz que tenga claridad hacia mi misma pues si no, no podré sentir que Dios me amó, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía, amén.”

jueves, 28 de diciembre de 2006


La penumbra del cuarto


Entra el lenguaje...


Los dos se acercan a los mismos objetos. Los tocan del mismo modo. Los apilan igual.

Dejan e ignoran las mismas cosas.


Cuando se enfrentan, saben que son el límite uno del otro.


Son creador y criatura.

Son imagen,

modelo,

uno del otro.


Los dos comparten la penumbra del cuarto.

Ahí perciben poco: lo utilizable

y lo que el otro permite ver. Ambos se evaden

y se ocultan.



Agradecimiento especial al "wey"

viernes, 22 de diciembre de 2006

Por qué escribo




Escribo un montón. Mayormente cosas sesudas (Ñoñas escuche decir una vez a una "amiga"). O que pretenden serlo.

Cuando niño me gustaba escribir poesía...los poemas eran de amores, de esperanza, de lucha y de sociedad, pienso que hoy calzan con la palabra Tristeza, como ánimas que arden en un purgatorio. Algo expresaban. Trataba de decir: estoy aquí, y no lo paso tan bien. En realidad yo mismo era el destinatario de esos poemas ¿O no?. No se los mostraba a nadie, es más, los escondía, como escondí (Y quizás aun hoy) escondo mis sentimientos. De cualquier forma eran un consuelo. Además, pensaba que en algún momento esos poemas serían reconocidos Por quién aun no se.. ¿habrá sido por mi (M) Others? como una obra de arte. Había pues orgullo en el dolor. La cuestión era perfeccionar su diseño. Ellos serían mi salvación.
En algún momento dejé de hacerlos... ahora son más distantes... siento que los extraño.


Luego, en otro momento, comencé a escribir. Asuntos muy personales, mensajes a mi mismo en los que trataba de esclarecer mis circunstancias. Mis dilemas eran siempre atormentados. Podía revelar lo que guardaba en silencio. Pero también eran ejercicios.
El siguiente paso fue escribir sobre el mundo social. Siempre lo hacía desde la tercera persona pues me parecía pretencioso usar el yo (¿No es acaso el YO un fantasma?). Escondía mi autoría y también mi perspectiva (¿Habré sido siempre Inconsciente?). Con el tiempo mi escritura se llenó de referencias académicas. Hasta la ostentación deliberada. Me imagino que buscaba legitimidad (¿Vuelta del fantasma?). En todo caso siempre aposté por la libertad. Trataba de encontrar lo que quería decir, aquello que surgía en el acercamiento a algo.
Mis opiniones nunca buscaron ser populares.
Pero no podía dejar de buscarlas. Desde un inicio mi apuesta fue llegar lo más rápido a lo más hondo. Con el tiempo he ido incursionando en otros géneros. He mezclado ensayo con poesía. Y también he escrito crónicas y relatos. Entonces, resumiendo: comencé escribiendo para salvarme, para ganar el premio nobel, para transformar el país, para hacerme un sitio, para ganar dinero. Ahora a "mis tantos años", ido el impetú de los mandatos y casi perdido el gusto por la (auto)mortificación, sigo escribiendo aunque ya no se bien porque.
Será la costumbre.
En todo caso me he hecho de un estilo que me da gusto (¿Deseo o goce?). A veces quisiera perfeccionarlo ("Bendito" SuperYo). Depurar todo lo innecesario. Con frecuencia pienso que debería dejar el tono pastoral propio del discurso psicoanalista. Ser todo lo crudo que también soy. En realidad vivo en la duda. Lo que más me gusta es participar en la maravilla del lenguaje. Encontrar que lo escrito es eso que siento, lo que he alcanzado a pensar gracias a la escritura. Lo más interesante es, desde luego, convertir las sombras en palabras. No dejar escapar lo difuso, lo que me resulta todavía innombrable, lo leve e inquietante (Gracias J. Lacan).
No obstante, leyendo a Juan Davis Nasio ("Los Gritos del Cuerpo") me doy cuenta que solo araño superficies (¿Será mi lado neurótico?). Entonces qué hacer, ¿reconciliarme con mis límites? No, en realidad, me gusta excavar. De niño quise ser poeta.